PINTANDO VERSOS

ANA MARIA ESPINOSA(Carla Herrera)

martes, 10 de julio de 2007

PACO BRINES: De amiticia y de elegia

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Siempre estoy escribiendo el mismo libro, un libro de despedidas. Yo soy monotemático, soy el poeta del tiempo. La vida es un estruendo hermoso. Un gozo. Un don. Vivir siempre es hermoso, a pesar de las catástrofes. Del poeta de Las brasas queda poco. Mi poesía ahora es más serena, comprende mejor el mundo, quizá a causa de la edad.
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El arte da intensidad al poeta y al lector, y esa intensidad convierte al lector en poeta. Un poema puede tener tantas lecturas como lectores se acerquen a él, de tal forma que cada lector construye su poema a partir de su sensibilidad con una lectura diferente.
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La poesía me ha aportado una visión de la vida más íntima y depurada; y mucha percepción de intensidad vital. La esencia de un buen poema es una profunda emoción estética que debe transmitirse para convertirse en emoción vital.
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En la vida, lo bueno y lo malo están hechos de la misma materia y son la misma ceniza, aunque la belleza, la emoción y la intensidad se hayan vivido de forma diferente en unos momentos y en otros. Mi poesía es melancólica, reflexiva y vitalista. Está llena de hermosos escombros que son vida. Para que exista una poesía adolescente de calidad el poeta tiene que cantarse a sí mismo las emociones propias de su edad: amor, melancolía e ingenuidad, y, además, poseer medios expresivos idóneos y personales.
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La originalidad a veces es dañina. Con la obsesiva búsqueda de originalidad del arte, muchas veces lo original consiste en meras ocurrencias tristes. La Generación del 50 dejó de cantar al obrero que no leía sus poemas y dirigieron su mensaje crítico e irónico contra su propia clase social, la burguesía, lo que les permitió, además, subir el nivel de su escritura.
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Es más importante ser personal que original.
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Aquel poeta que tenga por personalidad ser original, que lo sea. Si no es así, basta con que sea personal, no tiene por qué ser original. Me importa en poesía la voz personal, no la voz original; a no ser que lo personal se identifique, en alguien, con lo original. No es mi caso.
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El mundo del poeta se va descubriendo a medida que la obra se realiza. Si hay temas que golpean una y otra vez, no aparecen por voluntad sino por fatalidad. En mi poesía es más vasta y rica la temática temporal que la estrictamente amorosa. El tiempo es mi cuerpo y mi enigma, y también el fracaso definitivo; el amor es mi inserción en el tiempo con la intensidad máxima, el deseo de mi mejor realización posible, y es también un fracaso que, aunque no tan absoluto como el de la mortalidad, puede ser más doloroso.
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Mi poesía es un resultado de mi persona, y mi vida es todo lo que me sucede. Estos sucesos, en densa continuidad, originan mis experiencias vitales, conscientes unas veces, inconscientes otras. La poesía parte de esa realidad existente para hallar una nueva realidad, la cual no le es conocida, pero que existe en potencia, y que por eso podrá llegar a ser. El resultado final es una nueva y singular experiencia, que podemos denominar experiencia poética. Me importa la poesía en cuanto que me importa la vida. De ahí que preste tanta relevancia a mi individualidad, ya que desde ella la vida es experimentada. Soy, por todo ello, un poeta de la intimidad; se trata de iluminar lo oscuro, pues me interesa mi yo secreto de hombre, pero no porque sea nada excepcional sino porque es el mío, y es el que mejor se me puede revelar.
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La poesía que más me interesa es la que me habla de la vida, la que me habla de este entrañable y extraño mundo. Las meras construcciones formales, o las experimentaciones lingüísticas, aun aceptando su mérito y sus posibles resultados inequívocos de belleza e inteligencia, me suelen dejar más complacido que conmovido. Si esto exclusivamente fuese la poesía, estoy seguro de que sería un lector intermitente y distante; y, desde luego, no intentaría ser poeta.
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Mi poesía es mediterránea, porque yo soy muy dependiente de la naturaleza. Mi entorno es el de la luz, el cielo, el mar, el aire y los árboles cultivados. Amo todo eso. Mi poesía está asociada a la vida para gozar, pero desde la elegía. Esa belleza se perderá tarde o temprano. La vida vale la pena porque es muy bella. Es un don.La poesía no tiene público, tiene lectores. He sido un hombre de biografía interior, no exterior.
Paco Brines





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Nacido en Oliva, Valencia, en 1932, Francisco Brines, tras estudiar el bachillerato en los jesuitas de Valencia, hizo la carrera de Derecho en Deusto, Valencia y Salamanca, donde se licenció. Posteriormente cursó estudios de Filosofía y Letras en Madrid, y durante dos años fue lector de español en Oxford. Actualmente reside, indistintamente, en Madrid y Valencia.
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Inspirada en la reflexión serena sobre la realidad íntima y sobre la existencia —que transcurre siempre, bajo los ojos acechantes del tiempo, en el filo de la vida y de la muerte cotidiana y definitiva—, su obra trasluce coherencia y constancia, y, a la vez, sutiles transformaciones. Así, la lucidez precoz del primer libro, Las brasas (1960), Premio Adonais 1959, da paso a los poemas histórico-narrativos que conforman Materia narrativa inexacta (1965) y al sinuoso y reflexivo Palabras a la oscuridad (1966), Premio de la Crítica. Aún no (1971) abre caminos nuevos, como la sátira y un desgarrado existencialismo que preconiza la visión desengañada y a la vez metafísica de Insistencias en Luzbel (1977). Con El otoño de las rosas (1986), Premio Nacional de Poesía, recobra Brines la transparencia y la diafanidad para culminar con la luminosidad otoñal de su postrer libro, La última costa (1995), en el que alcanza unas difíciles desnudez y pureza expresivas. Su obra poética se halla recogida en Poesía completa (1960-1997) (Tusquets, 1997).

Como reconocimiento a toda su labor poética, Francisco Brines acaba de ser distinguido con el Premio Nacional de las Letras, que otorga el Ministerio de Cultura.
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(Cervantes Virtual)

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